Anexos

Voy a referirme aquí a una serie de materias muy relacionadas con el trabajo de la madera en general y de la talla en particular. Aunque es muy posible que algunos me digáis que me quedo corto en el tema de los acabados, también es cierto que voy a referirme a los más adecuados y habituales para la terminación de las obras talladas en madera. Dejo, de momento la policromía, pues se dirige a un tipo de talla diferente al que yo practico y bastante específico. En cualquier caso, no le cierro la puerta a ningún tema de forma definitiva; lo aparco provisionalmente para no divagar demasiado. Vamos allá. Esperemos que este pequeño recorrido os sirva de ayuda.

1. Afilado y asentado de gubias y formones.
2. Tintes.
3. Protección de la madera.
4. Envejecido.
5.
Acabado a la cera.

6. Acabado al barniz.
7. Emplastecido.

8. Las colas y adhesivos.

1. Afilado y asentado de gubias y formones.

Tener las herramientas en perfecto estado de corte es básico: conseguiremos los mejores resultados en nuestro trabajo y, aunque parezca paradójico, será más difícil que nos lastimemos. Para ello tendremos que dedicar un tiempo a conseguir ese perfecto corte en nuestras gubias y formones que serán la envidia de nuestros compañeros de actividad. Vamos a repasar las preguntas más frecuentes:

¿Necesitamos herramientas eléctricas para conseguir un afilado y asentado perfecto? No. Lo mismo que hacemos con una esmeriladora eléctrica lo conseguiremos a mano (incluso mejor, como veremos). Lo que sí es cierto es la diferencia de tiempo que nos llevará esta tarea. La ayuda de una máquina eléctrica como el disco esmeril, nos ahorrará mucho tiempo, sobre todo si el corte de la herramienta está muy estropeado y hay que rehacer el filo.

¿Todas las herramientas de talla se afilan igual? No. Aunque hay ciertos procesos muy semejantes. Las diferentes formas de las gubias hacen que haya que realizar modificaciones en la forma de proceder al afilado. Veremos los casos más sencillos y luego pasaré a comentar las peculiaridades de los modelos especiales.

¿El ángulo de afilado (bisel) es siempre el mismo para una misma herramienta? No. Depende de un factor fundamental, que es la dureza de la madera que vamos a trabajar. Un ángulo mayor (bisel corto) se utilizará para las maderas más duras, mientras que un ángulo menor (bisel largo) lo usaremos para trabajar las maderas especialmente blandas. No es recomendable rehacer el bisel muy frecuentemente (nos quedaremos sin gubias en poco tiempo y recordad que son caras), por lo que yo recomiendo tener en cuenta este factor en función de la dureza de la madera que tallamos habitualmente. Si alternamos maderas duras y blandas podemos tener un ángulo medio, que es el que suele venir de fábrica (o hacernos con dos juegos de gubias -si el dinero no es problema ¡vaya suerte!).

La esmeriladora eléctrica.
Básicamente nos podemos encontrar con dos modelos (aunque es fácil que veamos dispositivos de afilado aplicados a tornos, taladros, motores de lavadora, etc.). Se trata de máquinas que disponen de dos muelas de diferente textura (una basta y otra fina), que giran sobre un eje conectado a un motor. La diferencia entre los dos tipos es que una de ellas está refrigerada por agua (la piedra pasa por una cubeta con agua que sirve para disipar el calor producido por el rozamiento contra la herramienta) y además gira más despacio (existe un mecanismo de desmultiplicación de giro para que vaya más lenta y no nos ponga todo perdido de agua). A nosotros nos interesa más el segundo tipo, ya que evitaremos un inconveniente fundamental con el que se tropiezan principiantes y expertos: evitar el sobrecalentamiento de la herramienta y su consiguiente destemple. En cualquier caso podemos encontrarnos modelos mixtos, con una de las piedras con giro lento y refrigerada por agua y la otra no.

El soporte para sujetar la herramienta puede ser superior, como en el caso de la máquina de la imagen, o lateral y también fijo o móvil. Algunas máquinas económicas o artesanas, no tienen soporte. Si la nuestra no lo tiene, sería muy recomendable fabricarlo en madera o metal, de manera que nos permitiera presentar el formón al afilado con un ángulo que pudieramos variar a voluntad.

El problema del calentamiento excesivo por fricción es el destemple. Cuando la herramienta pierde el temple, pierde sus propiedades de dureza, con lo que nos dará muchos problemas en el trabajo posterior. Notamos que el acero se ha "quemado", cuando alguna zona aparece negra, rodeada por manchas de color. No hace falta que sean muy grandes para estropearnos el afilado y suelen aparecer en las zonas más finas del borde de la herramienta, como hay menos material se calienta mucho antes. Para evitarlo prestaremos mucha atención al proceso, introduciendo cada poco la herramienta en un recipiente con agua a temperatura ambiente para que se enfríe antes de alcanzar la temperatura crítica. Es factible volver a templar la herramienta, pero es un proceso complejo más propio de los herreros. Si no se sabe hacer, es mejor dejarlo en manos de un profesional. En cualquier caso, no es demasiado grave tener que eliminar la parte quemada, gastar un poco la herramienta y rehacer el filo un poco más arriba; (pero esta vez nos fijaremos un poco más, ¿a que sí?)

El afilado con cualquiera de las dos máquinas expuestas pasa por aplicar la herramienta a la piedra que gira (en la posición y con el apoyo propio de cada máquina específica -ver las instrucciones para cada caso-) y redibujar la forma que debe tener la herramienta en su extremo. Este paso es fundamental para herramientas muy estropeadas o melladas (no cortan nada en absoluto o estropean la madera) y habitualmente innecesario para cuando nuestra gubia o formón simplemente cortan regular o mal.

Si no disponemos de una de estas máquinas, nos pediremos a Telepaciencia una buena ración, cogeremos una piedra corriente de afilar (grano medio o fino), mojada con agua o aceite e iremos realizando pasadas con la herramienta sobre la piedra hasta lograr el mismo resultado, el dibujo correcto del corte.

Los dos caminos confluyen en el mismo sitio, ya que después del trabajo con la esmeriladora, deberíamos terminar este paso previo con la piedra de afilado. En cualquier caso, voy a hacer una salvedad para el caso del formón. Con la esmeriladora (eléctrica o a pedal), como hemos visto en estas fotos, se realiza un proceso que no se puede hacer con la piedra a mano, que es el vaciado. El vaciado consiste en aprovechar la curvatura de la piedra para dotar al bisel del formón de un hueco que facilite el desahogo de la viruta. No es fundamental, pero sí útil. Gráficamente sería lo siguiente:

1.- Vaciado a la vez que rectificamos el corte.
2.- Afilado con la piedra plana. Creación de plano de corte y rebaba.
3.- Asentado en la piedra de aceite. Eliminación de rebaba.

Ahora la práctica, que en el caso del formón, es muy sencillo: pasaremos el bisel del mismo sobre la piedra humedecida en agua o aceite (mejor) con un movimiento hacia adelante y hacia atrás, circular o "en ochos". Lo importante es no variar el ángulo, ofreciendo a la piedra siempre la totalidad del bisel del formón para no crear escalones. Nunca debemos pasar la cara plana del formón por la piedra de afilado. Eso lo dejaremos para el siguiente paso, la piedra de asentado. Existen dispositivos como el que os muestro a continuación que permiten mantener la posición correcta fácilmente, sin embargo yo recomiendo acostumbrarse a no usarlo, ya que con las gubias no nos sirve.

Para saber si estamos apoyando bien el bisel sobre la piedra, podemos ir tumbándolo lentamente hasta que salga hacia adelante la burbuja de aceite. Justo en ese punto lo tendremos perfectamente colocado.

¿Cómo sabemos cuando parar? Si hemos hecho bien este proceso, obtendremos una rebaba que sobresale por la cara plana del filo (lo comprobamos pasando el dedo). Si notamos una cierta aspereza, una especie de borde que sobresale y que casi no se ve, ya hemos concluido esta fase y podremos seguir con la siguiente.

Si lo que estamos afilando es una gubia, tendremos que tener en cuenta que el filo no es recto, sino curvo y deberemos adaptar nuestros movimientos sobre la piedra (manual o eléctrica) a la forma de la misma. Cuanto mayor es la curvatura, más delicado es el proceso, así que yo recomiendo a los aprendices a empezar por las gubias más planas y seguir poco a poco hacia las más curvadas, siendo los cañones y las gubias de esquina o "en V" las más complejas de afilar (dentro de las de mango recto). En este caso no es posible hacer el vaciado, pero eso no es gran problema, lo solucionaremos con un asentado perfecto.

Siguiente paso: el asentado. Habitualmente este proceso lo haremos siempre a mano. Existen máquinas especiales para facilitar la tarea, pero sólo están al alcance económico de talleres muy especializados; al final de este capítulo os contaré algunos truquillos para sacarle partido a alguna máquina en esta labor, pero saber hacerlo bien a mano es fundamental, ya que de esta etapa depende que la herramienta corte o sólo "arañe" la madera.

Volveremos a usar piedras, pero en este caso son muy diferentes (ya me daréis la razón cuando vayáis a comprarlas). Aunque la apariencia es similar (un trozo rectangular de piedra), hay diferencias. Se trata de la densidad y tamaño del grano que forma la piedra. Las piedras de asentado o afinado (así se llaman) suelen ser naturales (las mejores) y grano finísimo (índice de granulometría 1500 ó más). Exclusivamente se utilizan untadas en aceite y vamos a tener varias para adaptarnos a las formas interiores de las gubias, ya que con éstas sí trabajaremos la cara interna de la gubia (opuesta al bisel).

Hay autores que recomiendan practicar un pequeño bisel en la cara interior de la gubia. Yo no soy partidario. Prefiero que la parte interior sea plana. Resulta más fácil afilar, aunque reconozco que para algunas tareas muy concretas puede ser mejor disponer de un bisel interior.

También es cuestión de gustos redondear o no los bordes del bisel. Yo tengo mi herramienta ligeramente redondeada. Considero que un suavizado excesivo en este punto impide llegar con la gubia a muchos sitios, pero al mismo tiempo, creo que un acabado en punta puede hacer marcas y cortes indeseados. Aquí tengo que concluir que cada artesano tiene sus preferencias.

Pero vamos al grano. Cuando la gubia o el formón presentan la rebaba, empezaremos a pasarla (del mismo modo que en el proceso de afilado) por la piedra de asentar, para proceder seguidamente a pasar la piedra con la forma que mejor se adapte a nuestra herramienta por la parte interior, teniendo especial cuidado en que el contacto piedra-herramienta sea total a lo largo de la cara interior, es decir, sin forzar ángulos que formarían un bisel interior. El movimiento que realizaremos será de adelante hacia atrás, pasando por todo el largo del filo. Especial atención en este proceso: ES FÁCIL CORTARSE si no tenemos cuidado. Vuelvo a recordar que la piedra debe estar untada de aceite.

Repetiremos este proceso (asentamos el bisel y seguidamente la cara interna) hasta que eliminemos la rebaba. En ese momento la herramienta debería cortar impecablemente y estaría lista para su uso. ¿Cómo lo comprobamos? Hay varios métodos: podemos acercar el filo a la uña de un dedo; (con suavidad, no seáis salvajes, que los dedos son vuestros). Si la herramienta está bien afilada, quedará pegada a la uña, en lugar de resbalar. Eso es porque corta tanto que ha penetrado ligerísimamente (si lo habéis hecho despacio porque si no, no tendréis dedo) en la uña y queda enganchada. Otro sistema muy bueno es coger un pequeño trozo de madera blanda (pino o similar), apoyarlo contra un tope o sujetarlo mediante algún sistema para no lastimarnos e intentar cortar a contraveta de la madera. Si la herramienta está bien afilada, el corte será limpio y no arrancará la madera. La superficie que quede estará brillante y lisa y el corte se hará con mucha facilidad.

Hay artesanos que todavía hacen un paso más: el suavizado. No es imprescindible para mí. Si hemos hecho correctamente los pasos anteriores, la gubia o el formón estarán impecables para trabajar, pero todavía se puede mejorar un poco: El suavizado consiste en frotar la parte interna y externa del bisel con un trozo de cuero (que se envuelve en un taco de madera o similar) para adaptarnos a las diferentes formas de las gubias. El cuero se suele untar de sebo mezclado con polvo de esmeril, pasta de pulir, etc. para ayudar en el suavizado. Vamos a conseguir un bisel pulido y brillante que dará a nuestra herramienta el aspecto de nueva.

Existe un método manual o mecánico para aunar el asentado y el suavizado en una sola operación. Se trata de la utilización de un trozo de fieltro (o disco montado sobre una esmeriladora o similar), untado de pasta de pulir metales. Esto produce un acabado extraordinario en nuestros afilados. El filo queda totalmente pulido y brillante al tiempo que el corte es capaz de afeitar. Si se usa un procedimiento mecánico para hacer girar el disco de fieltro, hay que tener en cuenta que no debe tener una velocidad excesiva y que el giro debe ser contrario al habitual de una esmeriladora, es decir, no debe girar hacia la persona que está frente a la máquina, sino al revés; ya que si no, la herramienta cortaría el fieltro e incluso podría hacernos saltar el formón o gubia de nuestras manos y provocar un accidente.

Hay algunas gubias especialmente complicadas para afilar, al menos para los que se inician en esta actividad, son las gubias cañón (curvas muy pronunciadas), sobre todo las pequeñas y la gubia de esquina (gubia en V). Aquí os doy algunos cosejos específicos para ellas:

El cañón grande (a partir de 5 mm. de ancho) se afila igual que las mediascañas. Es posible que necesitemos una piedra más fina para asentar la cara interna de la gubia, pero por lo demás basta con tener un poco más de cuidado.

Los cañones pequeños (0'5, 1 y 2 mm.) son más difíciles, ya que la cara interna es profunda y bastante inaccesible. Utilizaremos un piedra muy fina que nos llegue a cubrir toda la superficie interna de la gubia. Si no la tenemos, podemos afilar un borde de otra para esta labor, que aunque no es muy frecuente, se torna imprescindible en algunos casos. Para afilar la piedra podemos usar una esmeriladora eléctrica. No conviene que la piedra se caliente demasiado, se podría romper, por lo que la introduciremos periódicamente en agua.

La gubia de esquina merece capítulo aparte. Tenemos que considerar algunas cosas: el corte de las dos palas debe ser perpendicular al hierro de la gubia, por lo que intentaremos que el vértice o punto de unión de las palas no esté adelantado ni retrasado con respecto a la vertical de las palas. Otra cosa es que el vértice no debe ser un pico ni una hendidura. Cuando se forman son defectos en el afilado, que provocan mayor dificultad en el uso de la gubia. Trataremos las palas independientemente y luego el vértice, procurando dejar bastante trabajo para el acabado con la piedra de mano, ya que afilar en exceso en la esmeriladora eléctrica supondrá una irregularidad en el corte final. Como una imagen vale más que mil palabras, ahí va para resumir:

Pensad que estas tareas llevan su tiempo y que al principio podemos desesperarnos al no conseguir un buen afilado. Recomiendo paciencia y constancia. Al cabo de varios intentos, nuestras gubias cortarán como las de los mejores profesionales.

Las gubias con hierro curvo, codillos, contracodillos, etc. se afilan de la misma forma, pero con mayor cuidado para adaptarnos a cada una de las formas de la herramienta. Debemos pensar que las gubias acodadas o de cuchara tienen menos vida útil, por lo que en cada afilado debemos eliminar la menor cantidad de material posible, en aras de una mayor duración (a casi nadie le sobra el dinero para andar comprando gubias a cada poco).

Nos quedan algunas cosas más sobre el afilado. Supongo que alguno llevará rato preguntándose qué aceite es el que se debe usar para el asentado. Pues bueno, vamos a aclararlo, pues no todos sirven y sí sirven algunos líquidos que no son aceites precisamente. En el comercio podemos encontrarnos aceite especial para el afilado de herramientas. Yo lo he usado, es bueno, pero caro. Así que vamos a hablar de otras soluciones más económicas pero igual de efectivas:

a) Aceite de motor de automóvil: Los aceites sintéticos o minerales refinados (siempre que estén nuevos) son válidos, pero tendremos que rebajarlos con gasolina, ya que su consistencia es demasiado espesa. La proporción es aproximadamente 75% de aceite de motor y 25 % de gasolina. Si en vez de gasolina usamos gasóleo, la proporción puede ser al 50%.

b) Gasóleo (gas-oil): Se puede usar sólo. Tiene una consistencia bastante adecuada, aunque yo prefiero mezclarlo con un poco de aceite de motor.

c) Aceite de vaselina: Yo lo recomiendo encarecidamente: quizá salga un poco menos económico que las mezclas anteriores (sobre todo si tenemos coche y podemos coger un poco de la garrafa de aceite para relleno), pero tiene unas ventajas que convencerán a más de uno: aparte de asentar muy bien la herramienta, es transparente y no huele (algunas personas no soportan el olor de la gasolina o el gasóleo).

d) Otros aceites: ¡Cuidado! no cualquiera. Deben ser aceites usados como lubricante o para engrase, de textura fluida, como los empleados para las máquinas de coser, ejes y engranajes. Nunca usar el aceite de uso alimentario. No es adecuado.

Solo me queda hablar en este apartado de algunas piedras con nombre propio: Para afilar, es suficiente con una piedra de dos caras (gruesa y fina) económica. Se fabrican artificialmente y deben ser lubricadas (siempre recordaré que las piedras no se deben usar nunca en seco), preferentemente con aceite, aunque también puede ser con agua. Sin embargo, para el asentado, debemos usar una piedra de la mejor calidad posible (lo que nuestro bolsillo nos permita), a ser posible natural y de grano finísimo. Aquí tengo que referirme a la famosa piedra blanca de Arkansas. Es una piedra de una calidad extraordinaria, que permite unos acabados perfectos. Su mayor defecto es su precio, que muchos consideraréis excesivo, pero es de lo mejor que he probado. Por menos precio podemos encontrarnos muchas variedades de piedras locales o de importación para asentar. Para asegurarnos de que va a cumplir con su cometido, estudiaremos la textura de la superficie para comprobar su finura (cuanto más suave mejor) y le echaremos encima una gota de aceite. Si la absorbe rápidamente, tiene mucho poro, por lo que la desecharemos como piedra de asentado. Existen buenas piedras de pizarra, pero suelen ser blandas, por lo que se nos gastaría y deformaría enseguida. En este punto ya sólo os puedo recomendar acceder a la experiencia de algún artesano de la zona. Es muy posible que conozcan una cantera, o un artesano de la piedra que consigue buen material para nuestros propósitos.

Ha aparecido en el mercado un nuevo concepto de piedra de afilar: Se trata de las piedras de diamante. Consisten en unos bloques de plástico a los que va pegada una lámina metálica con unos pequeños agujeros. Esa lámina lleva en su superficie polvo de diamante, que como sabéis, es el material más duro que existe. Se utilizan como una piedra normal de afilar, aplicando un poco de agua sobre su superficie. El funcionamiento es sencillo: al frotar con el filo de la herramienta sobre la piedra mojada, las aristas de esos pequeños agujeros sirven de desahogo del material eliminado por el polvo de diamante de la superficie, con lo que se consigue un afilado muy rápido y efectivo. Las hay de varios colores (en el plástico), para indicar el tamaño del grano. Su ventaja es que son eternas (según los fabricantes) y que la superficie no se deforma con el uso, ni se rompe si se nos cae por accidente. Su mayor desventaja para mi es su precio, bastante alto. Otro inconveniente es que no nos sirven para asentar, ni siquiera la de grano más fino.

2. Tintes.

Este es un campo, al igual que sucederá con los acabados, en el que hay casi infinitas formas de hacer las cosas, todas más o menos válidas. Lo mejor es aprender varias, experimentar y llegar a conclusiones que nos dirigirán hacia un criterio propio a la hora de elegir uno u otro camino. Yo me limitaré a hablar de los tintes y acabados que más se usan en el tipo de talla que yo practico, sin menospreciar cualesquiera otras técnicas que posiblemente utilizáis o conocéis.

Los tintes son sustancias que se aplican a la madera para embellecerla o resaltar su veta; a diferencia de las pinturas, que tapan la madera, los tintes no son opacos, con lo que las características visuales de la madera permanecen, algunas veces ampliadas y otras reducidas, dependiendo de la madera y los productos que utilicemos.

Básicamente, hay dos tipos de tintes: al agua y al disolvente. Yo no recomiendo los tintes al disolvente en las piezas talladas, pues la velocidad con que penetran en la madera, hace que sea muy difícil aplicarlos uniformemente, llegando a todos los recovecos de la obra manteniendo la misma intensidad de color en su totalidad. Este tipo de tintes es muy utilizado en carpintería y ebanistería para grandes superficies uniformes, pero en nuestro campo, su uso está muy restringido. Actualmente estoy experimentando con tintes mixtos (admiten agua o disolvente) y los resultados son muy interesantes. Debido a esa propiedad, permiten teñir la madera antes del barnizado y también durante el proceso (entre capas de tapaporos), con lo que se pueden hacer efectos de envejecido o sombreados.

Tintes al agua: se trata de unas sustancias (naturales o artificiales) solubles en agua que nos permitirán teñir nuestros trabajos para dotarlos de mayor realce y calidad. Aquí me gustaría hacer una observación: es muy frecuente que los principiantes no deseen oscurecer mucho sus trabajos de talla y se nieguen a darles color o si se lo dan, muy claro. Con la experiencia, se va cambiando de actitud hacia colores más oscuros, que hacen que la obra parezca tener más relieve, siempre sin caer en una oscuridad excesiva, que desembocaría en el efecto conocido como ebonizado (teñir de negro la madera -con nigrosina- para que parezca ébano).

El dominio de los tintes es complejo: la concentración de la disolución, la temperatura del tinte en la aplicación, el poro, el tipo y la veta de la madera, y gran cantidad de factores más, hacen que cada aplicación sea diferente y que tengamos que tener mucho cuidado con teñir diferentes piezas de un mismo mueble con tintes de diferente "cosecha". Si vamos a teñir un mueble en varias tandas (por su tamaño o porque sea imprescindible hacerlo así), usaremos el mismo colorante (a la hora de hacerlo nos cuidaremos muy mucho de que no nos vaya a faltar).

La base principal para los tintes al agua es la nogalina, que es un extracto obtenido de las cáscaras de nuez secas, hojas y corteza de nogal; En el comercio la encontraremos como unos polvos negros. Deberemos diluir en una sartén o cazo (viejo o dedicado exclusivamente para ello) unas cucharadas soperas (3-6) de nogalina por litro de agua y lo dejaremos hervir hasta su perfecta disolución, revolviendo periódicamente. Yo recomiendo hacerla muy oscura (hasta 9 cucharadas por litro), porque a posteriori siempre podremos aclararla añadiéndole agua, mientras que no podremos oscurecerla añadiendo más nogalina, ya que habría que volver a calentar.

Tal y como la hemos hecho, podemos pasar a aplicarla, teniendo en cuenta que si la damos en caliente entrará más por la madera y teñirá más. En cualquier caso, el tiempo mínimo de secado será de 24 horas. Esta mezcla la podemos combinar con otros tintes para conseguir matices de color, imitar el tono de otras maderas o incluso realizar efectos espectaculares. Una posibilidad que yo recomiendo es la de añadir un poco de tierra de ocre. Es un tinte que añadido a la nogalina le da un tostado que se asemeja al color avellana. Es un tono muy agradable y recomendable para la mayoría de las tallas. Si lo que queremos es simular que la madera es roja (caoba, bubinga, sapelli, palo rojo,...) añadiremos un tinte rojo (cochinilla o punzón, por ejemplo) y luego para crear efectos artificiales tenemos el verde malaquita, azul de Prusia, amarillo, Siena, pardo, nigrosina,...

Tengo que hacer dos advertencias en este punto. Primero: no se debe abusar de los colores fuertes. Estos tintes o anilinas al agua están muy concentrados. Habitualmente es suficiente con la cantidad que se queda en la punta de un cuchillo para medio litro de nogalina ya hecha. Si nos pasamos, podemos arruinar el trabajo ( y la talla no suele ser trabajo de 5 minutos, a menos la mia), así que los iremos añadiendo muy poco a poco y probando en una tabla inservible. Segundo: no mezclar varios colorantes en la misma tintada. Es fácil que unos anulen a otros y formen una grisalla desagradable. Si hemos estropeado un tinte haciendo pruebas, lo desecharemos; nos ahorraremos de tirar más cosas después.

El trabajo con los tintes no termina ahí. Cuando es verdaderamente importante dominar sus características y posibilidades es cuando tenemos que realizar algún trabajo de restauración o imitar el acabado de otro mueble. Aquí se convierte en esencial su perfecto manejo y la práctica es la mejor herramienta para lograrlo.

Ahora que estáis entusiasmad@s con el descubrimiento de los colorines, os voy a dar una mala noticia: cuando se da el tinte, en húmedo tiene un color, al secar, otro, al envejecer, otro y al encerar o barnizar otro, con lo que podemos ir de susto en susto según vayamos avanzando en el proceso. No todo van a ser malas noticias, un alivio: el color que muestra la madera al aplicar el tinte, todavía húmedo, es muy, pero que muy similar al que va a tener al final del proceso, así que no os preocupéis demasiado, el tono elegido volverá a aparecer.

3. Protección de la madera.

La madera es un material orgánico, lo que le da cierta fragilidad ante determinados agentes externos. Es muy probable que la madera que hemos adquirido ya haya recibido algún tratamiento protector, como el desaviado (eliminación de la savia putrescible), impregnaciones con sulfato de cobre, cloruro de cinc, azufre derretido, creosota, resinas, cal, aceite de linaza, alquitrán, urea, carbonización, pintura antiséptica, tratamientos contra el enmohecimiento, hidrófugos, ignífugos, etc. Aunque la mayoría de estos tratamientos son muy específicos y se dan a maderas que van a soportar unas determinadas condiciones externas.

Las maderas secas y trabajadas, antes de recibir el acabado pueden y deben ser tratadas para prevenir el mayor enemigo para su conservación: los insectos xilófagos. Termitas y carcomas son agentes destructivos que pueden arruinar nuestros trabajos, sobre todo en algunas maderas, como el cerezo, peral, haya, nogal, etc.

Para ello aplicaremos a nuestras obras las sustancias fungicidas e insecticidas que podemos encontrar en el mercado, a nivel preventivo, (hay otros productos específicos para cuando el mal ya está hecho y hay que tratar la enfermedad o infestación). Estas sustancias pueden ser el fluxol, lisol, carbolíneo u otros productos antisépticos. En el comercio especializado podemos encontrarlos en marcas comerciales como el Xilamón u otros, que aplicaremos a la pieza una vez le hayamos dado el color (no aplicar antes del teñido, pues los componentes oleaginosos provocarían manchas y defectos en el tintado).

Estos productos (muy líquidos, volátiles y tóxicos -aplicar al aire libre o en lugares ventilados con protección buconasal-) penetran en la madera proporcionándole un olor desagradable para los parásitos, que la rehusarán para poner sus huevos. Sin embargo, para nosotros no habrá diferencia con respecto a la madera sin tratar, ya que el acabado posterior (encerado o barnizado) nos ocultará cualquier rastro del producto protector.

Tras aplicar una o dos manos (respetando instrucciones y tiempos de secado recomendados por cada fabricante), pasaremos a la siguiente labor de acabado: la pátina de envejecimiento.

4. Envejecido.

El envejecido es un proceso muy recomendable, aunque no imprescindible para el acabado de las obras talladas. Consiste simplemente en pasar una lija fina (mejor si está gastada) por la obra después de dar el color y el protector. Lo haremos selectivamente, provocando un realce de los relieves al crear el efecto de gastado en las aristas vivas de la obra. ¡Ojo! tenemos que tener cuidado en esto. Si nos pasamos, la talla, lejos de ganar en calidad, parecerá hecha sin mucho cuidado; con lo que pondremos mucha atención en envejecer lo justo.

Las tallas geométricas se envejecerán muy poco, simplemente pasaremos un poco la lija por la parte superior para remarcar los dibujos y resaltar los relieves, pero sin redondearlos, pues la calidad de este tipo de talla se encuentra, aparte de la belleza del dibujo, en la perfección de los cortes y en lo afiladas que estén las aristas.

No voy a hablar aquí de las técnicas de envejecimiento que utilizan los aficionados a las manualidades para provocar efectos de "antigüedad" en los muebles. Hay una cosa que yo tengo muy clara: no es lo mismo antiguo, que viejo, con lo que por mucho que golpéen con cadenas y agujereen con puntas (para simular efectos de carcoma) un mueble, seguirá siendo lo mismo, pero deteriorado. Los amantes de la restauración lo saben. Los verdaderos agujeros provocados por la carcoma hay que tratarlos para matar al insecto y sellarlos con ceras para que no se noten. Nadie que sepa algo de arte valora algo por el hecho de que está deteriorado, muy al contrario, lo que es importante es un buen estado de conservación. Lo dejaremos como una excentricidad provocada por el desconocimiento, pues dentro del ámbito profesional no conozco a nadie que opine así.

Aunque sí es cierto que una talla del siglo XV tiene un valor añadido por el hecho de su antigüedad, probablemente acrecentado por el hecho de que su buen estado ha supuesto un gasto añadido a su posesión, también lo es que esa pieza se considere una obra de arte en función de su calidad, de su autor, de su estado de conservación,...

5. Acabado a la cera.

La cera virgen de abejas es el ingrediente fundamental para el acabado tradicional de los muebles, y en concreto de las tallas. Es muy conveniente para la madera porque la protege a la vez que le permite mantener el equilibrio higroscópico, pues no evita la entrada/salida de humedad, al contrario de los barnices habituales que tapan el poro (en la actualidad existen barnices de poro abierto, pero ese es otro tema).

Aunque parece el acabado ideal, tiene algún inconveniente que deberemos citar, para ser totalmente sinceros, que es lo trabajoso de su mantenimiento, que nos obligará periódicamente (una vez al año como norma general y cada 3 meses en ambientes de mucha grasa, como las cocinas), a un cepillado minucioso hasta conseguir volver a sacar el brillo de la cera.

En cualquier caso, paso ahora a describir los pasos básicos para encerar un mueble o una talla por primera vez:

1.- Los ingredientes son dos, no son caros, por lo que los utilizaremos de la mayor calidad posible. La cera natural de abejas. Se vende al peso, aunque si tenemos algún conocido que tenga colmenas, seguro que nos la regalará, ya que es un producto casi residual para los apicultores. No utilizar nunca productos comerciales para este primer encerado, ya que contienen parafinas, aceites, grasas, colorantes, perfumes y cantidad de productos que no nos interesa que tenga la madera. La cera natural tiene un color entre anaranjado y amarillo claro y huele a miel (más o menos dependiendo del tiempo que lleve almacenada). El otro ingrediente es el aguarrás puro (esencia de trementina). Lo podréis encontrar en droguerías y tiendas de pintura. No utilizar el simil de aguarrás ni otros disolventes porque la cera se diluye mucho peor. Existen en el mercado ceras comerciales de casas especializadas en restauración que dan también buenos resultados, pero os digo lo mismo de siempre, mucho más caras.

2.- La preparación: Vamos a necesitar la cera en varias combinaciones, por lo que paso a daros las recetas.

Cera dura sin teñir: La obtendremos directamente. Nos servirá para tapar los poros en la primera fase.

Cera dura teñida: Para obtenerla, la licuaremos calentándola al baño maría (en un recipiente de cristal con la cera, metido dentro de un cazo o una tartera con agua, y ésta al fuego). Para que se derrita antes, podemos laminarla con el formón en hojas finas. Le añadiremos algún tinte que mezcle bien con la cera (pintura al óleo, o betún de judea), en colores oscuros, que nos servirá para emplastecer y restaurar los defectos en la madera. Ésta, si no queréis hacerla, podéis adquirirla en comercios especializados. Viene en barritas de diferentes tonos, aunque muchas tienen siliconas (no nos conviene). Las buenas son más caras (unos 2,50 euros/barra), pero nos ahorran fabricarla nosotros.

Cera blanda sin teñir: Es la que realmente va a encerar la obra, y la obtendremos a partir de las limaduras de cera y aguarrás puro. Cuanto más tiempo lo dejemos reposar, mejor se disolverá la cera, aunque si la hemos limado finamente, la tendremos lista para usar en 24 horas. Si tuvieramos que usarla de forma inmediata, podemos calentarla al baño maría, pero en ese caso debemos tener muy en cuenta las proporciones; ya que la cera se funde al calentar, pero solidifica al enfriar, por lo que podemos armar una buena si la aplicamos caliente a la talla y luego al enfriar tenemos una capa imposible de eliminar. La textura que debemos conseguir en frío es aproximadamente la de una crema de manos, que extiende, pero no se cae al volcar el recipiente. Cuanto más fina quede (sin grumos), mejor cumplirá su función.

NOTA: Cuidado con el aguarrás. Es inflamable.

Cera blanda teñida: Es igual que la anterior, pero añadiéndole un poco de betún de judea. Con ello conseguiremos una cera que oscurecerá un poco la talla. Nos será útil cuando queramos dar un poco más de color a la obra sin tener que teñir de nuevo (aunque es perfectamente válido dar dos manos de nogalina). También podemos usarla en muebles de madera natural (sin colorear), que queramos embellecer con un poco de color. Para que os hagáis una idea, al aplicarla sobre la madera de castaño sin colorear, se obtiene un tono similar al moreno del roble tostado por el sol.

3.- La aplicación: Taparemos los poros, las imperfecciones, grietas, nudos, etc. con cera dura (Si los defectos son muy grandes, deberemos realizar un emplastecido previo o incluso el añadido de una pieza de madera). Después cubriremos los poros con cera dura. Para ello la podemos aplicar frotando un trozo de lija gastada en la cera hasta formar una película que usaremos para impregnar en la madera (cuidado de no lijar). También podemos frotar un cepillo de raíz en la cera, y luego en la madera, para conseguir el mismo efecto. Cuando hayamos realizado esto, deberemos conseguir que brille la cera que acabamos de dar, para lo cual nos comeremos un buen bocadillo (para conseguir las fuerzas que vamos a necesitar) y cepillaremos enérgicamente la talla.

¿Ya está? ¿Cómo que ya está? ¡Vaya floj@s! No percibo el brillo desde aquí. Bueno, bromas aparte, cuando ya esté bien, aplicaremos la cera blanda con una pequeña brocha, extendiéndola para que cubra toda la superficie, pero sin dejar pegotes. Si esto no es posible, puede ser que esté demasiado dura, lo que solucionaremos con un poco más de aguarrás. Después de esto deberemos dejarla al menos 24 horas para que seque, al cabo de las cuales volveremos a coger el cepillo para efectuar la operación denominada "sacar la cera", aunque se debería llamar "sacar los hígados", ya que aquí es donde realmente empezamos a odiar este proceso (no es para tanto, pero así seguro que os duele menos cuando os pongáis a ello). Así hasta conseguir un brillo deslumbrante. ¿Qué? ¿que no sale? Es posible que pese a vuestros esfuerzos no consigáis que la familia vaya a por las gafas de sol. Esto se deberá a que la cera no se ha secado bien. ¡Vale, seguiremos mañana! Pero al dia siguiente ya no tenemos excusa, la cepillaremos hasta sentirnos orgullosos (de nuestros bíceps).

6. Acabado al barniz.

Este de los barnices es un mundo bastante complejo, donde hay muchas variantes y posibilidades y que muchas veces la elección no depende de cuál es mejor o peor, sino de las preferencias del artesano concreto y de las posibilidades de acceso a determinados productos o herramientas. Los mejores barnizados se consiguen en unas condiciones ideales sin polvo, con pistola, aerógrafo o spray; pero tenemos que reconocer que no todo el mundo puede acceder a esto, así que voy a describir el mejor proceso para barnizar una talla a brocha. Desde luego, los materiales que empleemos (fondos, acabados, disolventes y brochas) conviene que sean de la mejor calidad posible: pensemos que un mueble de calidad merece un acabado de calidad y que muchas veces, lo que creemos ahorrar por un lado, lo perdemos por otro, pues los productos de inferior calidad suelen cundir menos, deteriorarse antes, etc.

Aquí es donde toca tomar partido por unos productos u otros. Aunque yo voy a comentar mis preferencias (de composición, no de marcas), no discutiré que otros profesionales o aficionados piensen diferente a mí y usen otros.

Yo prefiero las lacas a los barnices (se meten en el mismo saco, pero deberían estar en otro). Hay dos tipos de composición básicamente: las lacas con base de poliuretano y las nitrocelulósicas. Para barnizar muebles yo me inclino por las de composición nitrocelulósica, ya que son más elásticas y se extienden mejor, dejando unos acabados finísimos, incluso a brocha. Las lacas de poliuretano son más duras, pero eso no es siempre una ventaja. El mueble tallado es, por su propia estructura, un mueble delicado, no le vamos a exigir un comportamiento especialmente resistente, como le pediríamos al suelo de madera (parquet o tarima), por poner un ejemplo.

Lo que siempre debemos recordar cuando aplicamos un barniz a brocha es seguir siempre el sentido de la veta, con pinceladas suaves y largas, procurando no pasar demasiadas veces por el mismo sitio, sobre todo en el acabado final, que suele ser de secado más rápido.

Las brochas o paletinas deben ser de pelo fino y de buena/muy buena calidad. Para evitar que suelten el pelo, se suelen mojar con agua muy caliente. No obstante, las 2 ó 3 primeras veces que la usemos, estaremos muy pendientes de eliminar las cerdas que pueda perder. Si la cuidamos mínimamente (limpiándola con disolvente cada vez que la usemos y evitando que se deforme), nos durará mucho.

Igual cuidado, o incluso más deberemos tener con la pistola, si elegimos este sistema para barnizar. Deberemos vaciarla, usarla con disolvente, desarmarla completamente y dejar las piezas en disolvente de limpieza durante unas horas.

Para los "vagos", existen barnices en spray, que se utilizan de la misma forma que las pistolas, pero no tendremos que limpiar. Únicamente, cuando acabemos de barnizar, le daremos la vuelta al frasco y pulverizaremos hasta que salga aire (con ello limpiaremos el conducto y evitaremos que se obture al secarse). El spray tiene un inconveniente, su precio, es más caro que barnizar a brocha. También requiere, al igual que la pistola de aire comprimido, cierta habilidad a la hora de aplicarlo: se debe dar con movimientos suaves, en pasadas largas y a una distancia constante (25-30 cm.)

Sea el que sea el método que utilicemos para barnizar, debemos siempre protegernos a fin de evitar inhalar los vapores tóxicos. Usaremos mascarilla (lo ideal es usar la buconasal con filtros para vapores orgánicos), y siempre que sea posible lo haremos al aire libre o en lugares muy ventilados.

Los barnices y lacas de calidad no tienen color. En los trabajos habituales de talla antes de barnizar daremos el tinte, pero existe la posibilidad de añadir tinte al barniz (en la última mano de fondo, normalmente), aunque yo no lo recomiendo, porque es un proceso delicado en el que nos podemos pasar, quedar cortos o aplicarlo inapropiadamente. Hay que hacer algunas pruebas antes de lanzarnos a experimentar con una obra final. En cualquier caso, nos informaremos en una tienda especializada, ya que los tintes para barniz tienen que ser compatibles con su composición.

La aplicación seguirá estas fases: 2 ó 3 manos con laca tapaporos (de la misma composición que el barniz de acabado), dejando secar cada mano el tiempo que nos indique el fabricante en el envase (unas horas) y transcurrido éste, matizar con lija muy fina (es muy aconsejable la montada sobre esponja, llamada "corcho"). Se desprenderá un polvillo muy fino, que irá dejando la superficie más suave después de cada mano. Cuando su tacto sea perfecto, después de haber matizado la tercera mano, limpiaremos el polvillo y aplicaremos la capa de acabado. La laca de acabado puede ser mate, satinada o brillo, según nuestras preferencias. Yo no recomiendo la laca brillante para las tallas, les da una apariencia plástica artificial. Es mucho más conveniente la satinada (con un poco de brillo) o la mate (sin nada de brillo). En cualquier caso, si alguien desea aplicar la laca brillante, deberá tener en cuenta que se extiende mucho peor, por lo que deberá renunciar a aplicarla con brocha, (esto también depende de los fabricantes, pero yo he observado este hecho en varias marcas).

Si las lacas de fondo y acabado están espesas, se pueden (y se deben) diluir con disolvente (de la misma composición), siempre teniendo en cuenta las proporciones indicadas por los fabricantes, aunque aquí podemos echar mano de la experiencia para alcanzar el nivel de consistencia adecuado.

Existen más tipos de acabado: a muñequilla, con goma laca, al aceite (de linaza, de teca, de tung), danés; ebonizados, moteados, veteados, estarcidos, etc. pero no los trataré, ya que no se suelen aplicar a los muebles tallados.

7. Emplastecido.

El emplastecido es el proceso que llevaremos a cabo para rellenar pequeñas fisuras, grietas o imperfecciones de la madera. Antes de ver las técnicas y posibilidades del emplastecido, deberemos tener en cuenta lo siguiente: si el defecto o grieta es de tamaño apreciable, usaremos, siempre que sea posible, otro sistema más adecuado: añadir una pieza de la misma madera, intentando copiar el tono de la pieza, la postura de la veta, etc., para que no se note el añadido. Adaptaremos la pieza al hueco, la pegaremos y cuando seque, quitaremos el sobrante, tallando sobre ella. Si hacemos bien este proceso, habremos solucionado el defecto perfectamente.

El emplaste es básicamente una pasta que se aplica sobre la grieta, introduciéndola con una espátula. Al secar, endurece y adquiere una textura parecida a la de la madera. La podremos lijar, aunque no es fácil tallarla, por lo que evitaremos modelar con emplaste elementos que tienen que resaltar de la superficie o que haya que retocar con la gubia.

Podemos encontrar diversos tipos de emplastes en el mercado. Su base suele ser acetona, resina o disolventes. Secan rápido y se suelen teñir bastante bien, aunque tendremos cuidado en esto. Si la superficie que tenemos que emplastecer es apreciable probaremos antes cómo responde al teñido (lijándolo más o menos después de su secado). Así veremos si el resultado nos convence sin tener que correr riesgos con nuestra querida talla.

Se presenta en diversos colores, con los nombres de las maderas a las que supuestamente equivalen (no siempre es muy acertada esta clasificación).

También lo podemos fabricar nosotros: el sistema ideal es usar cola blanca de carpintero y serrín de la misma madera que vamos a emplastecer. El serrín lo obtendremos de la bolsa de aspiración de la lijadora, o de otra máquina que lo acumule. Cuanto más fino sea ese polvo, mejor nos quedará el emplaste. Las proporciones varían según las maderas y el molido. Hay que ir mezclando los dos ingredientes muy bien y comprobando la textura hasta conseguir una pasta que se pueda manejar bien con la espátula. Podemos guardarlo para otra ocasión si lo metemos en un recipiente con tapa, aunque tampoco nos durará mucho tiempo.

Estos son los sistemas que se usan en carpintería y ebanistería en la fabricación de muebles. En las tallas yo prefiero no emplastecer. Relleno las grietas pequeñas con cera dura del mismo color (o lo más parecido posible a la talla). Sólo usaría los emplastes en tallas sin color y para barnizar (si vamos a barnizar, usaremos ceras que no contengan siliconas, para que no repelan el barniz).

La última cosa que deberemos tener en cuenta sobre los emplastes es que no suelen coger el tinte de la misma forma que la madera, por lo que tendremos especial cuidado en el momento de teñido, para que el resultado final sea adecuado. Algunas veces deberemos lijar muy bien ese emplaste añadido y teñirlo más diluido, mientras que otras veces tendremos que retintarlo, porque no ha cogido el color suficientemente.

8. Las colas y los pegamentos.

En los trabajos de carpintería, ebanistería y talla, con frecuencia hay que unir entre sí diversas piezas de madera. El ensamble así obtenido debe resistir, durante su elaboración o puesta en obra, los efectos de los esfuerzos de compresión, tracción, flexión, etc., a que se le debe someter. Esto se puede conseguir por medio de ciertos adhesivos llamados colas.

La cola, originalmente, es una gelatina dura y pegajosa que se obtiene de los tendones, cartílagos, huesos, etc., de los animales. Debido al uso, actualmente este término es sinónimo de adhesivo, lo que significa que es una sustancia capaz de sujetar materiales que son unidos por medio de un amarre de superficie.

Los múltiples productos que se presentan como colas para su empleo en la madera, pueden clasificarse de diversas maneras, ya sea según su origen: colas minerales, colas orgánicas, animales o vegetales, colas sintéticas, etc., bien por su comportamiento frente al calor: colas termoestables y colas termoplásticas, o bien según su utilización principal: colas para contrachapeados, colas para ebanistería, etc. Todas estas categorías son difíciles de delimitar, ya que los términos de colas en frío o colas en caliente, se aplican, no a la forma de preparación, sino a las condiciones de la temperatura de fraguado. Algunas veces los mismos productos pueden ser utilizados en frío o en caliente, lo cual conduce a resultados que presentan características parecidas.

Colas naturales: Se han utilizado desde muy antiguo. Así se sabe que los egipcios usaban la goma arábiga del árbol de la acacia, huevo, bálsamos y resinas de los árboles para unir maderas y otros materiales. Actualmente las colas naturales han sido sustituidas por las artificiales, aunque algunos artesanos las prefieren, sobre todo los más partidarios de técnicas de trabajo tradicionales, como los luthiers. Las más conocidas son la cola de gelatina y la cola de caseína.

Colas artificiales: Son consecuencia de la necesidad de disponer de colas con propiedades superiores a las naturales para pegar cuerpos sintéticos nuevos, descubiertos en los años 20. Son mejores en resistencia mecánica y a la humedad, por lo que su uso se generalizó rápidamente. Cuando el caso lo requiere, se pueden pigmentar. Las más importantes en carpintería son:

- Colas de acetato de polivinilo o colas blancas. Son colas de dispersión o colas frías. Contienen agua, que al evaporarse provoca que la resina se suelde y da lugar a una película dura que permite la unión de los materiales. Su uso es generalizado en carpintería para la unión y ensamblaje de piezas. Podemos encontrarlas de secado rápido, para trabajos que así lo requieran.

- Colas de caucho sintético o de contacto. Reciben este nombre debido a que para usarlas es necesario aplicar sobre las dos superficies a unir, dejar evaporar los solventes y poner en contacto ambas superficies bajo la acción de un prensado instantáneo. El componente fundamental de este tipo de colas es un caucho sintético conocido como neopreno, aunque tiene más componentes, que hace que varíen bastante las fórmulas de unos fabricantes a otros. Esta cola se aplica preferentemente para el encolado de revestimientos murales de contrachapeado, tableros de fibras o estratificados plásticos, para chapear superficies y cantos y para trabajos que requieran cierta rapidez.

Existen otros tipos de colas y pegamentos que pueden tener utilidad dentro del taller dedicado a la madera, como los adhesivos termofusibles, colas de urea-folmaldehído, adhesivos de resinas epoxi, etc.

0. INDICE
1. INTRODUCCIÓN
2. CONSIDERACIONES PREVIAS
3. LA TALLA GEOMÉTRICA. ESTILO ROMÁNICO
4. TRISQUELES, "COMAS" Y ARTE CELTA
ANEXOS

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